La Casa del Tiempo


La Casa del Tiempo

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AUTOR: EDUARDO BENITEZ ROMERO.

 

Quizá el primer poeta que se atrevió a describir cuanto le rodeaba fue el presocrático Parménides de Elea (siglo VI a. C.). De él se conservan 19 fragmentos de su poema, que suman un total de 160 versos. En ellos define cuanto observa en la naturaleza y en las emociones humanas, aportando su sencilla y singular visión de las cosas. Esta sencillez poética a la que me refiero es común a los poetas griegos que configuraron, sin saberlo, nuestra actual cultura y, por extensión, nuestro modo de ver y entender las cosas. Su resonancia en su época es enorme, habida cuenta de que es frecuentemente citado por Simplicio,
Platón, Aristóteles y Plotino.
No quiero decir que su influencia poética alcance a nuestros días, pero sí puedo afirmar, que cuando escuché por primera vez los poemas de Eduardo Benitez de su propia voz, me impregnó esa sensación de sencillez y amor a cuanto nos rodea que ya conocía de los filósofos y poetas presocráticos. Y no deja de ser una opinión personal.
Conozco al autor de las tertulias poéticas que compartimos, y ésta es la razón de que buena parte de los poemas que constituyen este libro los haya visto nacer, crecer, desarrollarse, modificarse a veces. Han ido surgiendo como delicadas gotas de agua, en lluvia fina y continua, constituyendo pequeñas y frágiles unidades de alegría, de temor, de luz, de dolor, de esperanza que aquí se muestran deliberadamente desordenadas pero inevitablemente interconectadas.
Porque le conozco sé que, en Eduardo, la poesía no es para él cuestión de orden, de laboriosidad y de virtuosismo, sino de práctica, de ritual de palabra sincera y pura que conducen hacia la claridad. En ella está la verdad y la belleza de su verso.
El autor describe las cosas de la vida como si ésta no escuchase, con incalculable dignidad, sin perder jamás la compostura: y el dolor que en el fondo siente, ni siquiera parece dolor; y el que lee sus versos entra en ellos sin apercibirse del sufrimiento que a veces le causan. Entre escasas palabras repletas de silencios, el lector descubre que nada escapa al autor de lo que ve en la luz y en sus sombras.
Es el poeta de la palabra limpia, fresca y pura, alejado de los modismos actuales, de la vacuidad del verso que otros poetas tratan de ocultar mediante supuestos compromisos o falsos hermetismos que, en el mejor de los casos, no pasan de ser impotentes juegos sonoros de ingenio verbal. Modos y modas, al fin, que pasarán al olvido en un plazo convenido.
Octavio Paz decía que «un poeta reconoce su voz nada más encontrarla»; Eduardo Benítez ha encontrado hace tiempo su voz, recreando con ella lo que le rodea, cuanto ve, cuanto siente.
Su verso fluye con facilidad, lejos de la presión a la que la propia vida tan frecuentemente nos somete. Pero Eduardo no narra, no se apoya en la narrativa, sino en la descripción; él describe aproximándose con suavidad y timidez al más puro lirismo: es su sello personal.
Es un poeta que ama la vida y, por esta razón, usa la poesía como vehículo de euforia, la ensalza, la goza, la disfruta y también la padece. En la selección de poemas que aquí nos ofrece, estos rezuman alegría, a pesar del dolor que a veces le causan, una alegría que parece estar siempre respirando su verdad auténtica, que la realza y dignifica.
Y su respiración no descansa.

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